La eterna memoria del hombrecito de hierro
Allá, por los finales del siglo XVIII, una muchedumbre asomaba sus cabezas por la esquina de la Plaza de Armas. No era fácil distinguir una frase de entre tantas que se gritaban, pero escuchaba una y otra vez “Aduana”. Me sonaba conocida, hacía meses que su nombre sonaba con bastante frecuencia en las conversaciones a la sombra de las palmeras, lo escuchaba tanto de visitantes frecuentes como de desconocidos, viajeros tal vez. Unos años después, dejé de escuchar de la Aduana con tanta frecuencia, hasta que alguien por fin se detuvo a explicarme qué había pasado. Esta institución cobraba los impuestos que España imponía y estos habían aumentado. Esas muchedumbres que vi durante tantos años, lo habían logrado. Sacaron de la prisión a todas esas personas que arrestaron por las deudas y destruyeron su sede. Para el siglo XIX, la cosa se ponía cada vez más seria. Tan hartos estaban todos de los abusos y maltratos que habían decidido independizarse de la Corona Española. Hubo muc...